El rol de la Semiótica en la era de la Posverdad


Comencé el seminario de Semiótica en la facultad preguntándole a los/as alumnos/as quién había escuchado o leído en redes sociales sobre la “Causa de los cuadernos”. Si sabían en qué consistía y quiénes eran los y las implicados/as. La mayoría respondió que era una causa de corrupción del kirchnerismo. Luego pregunté cuántos y cuántas han leído o escuchado en redes, últimamente, el nombre “Daniel Santoro”. No lo conocía nadie o, al menos, nadie dijo que lo conociera.
Sin embargo, Daniel Santoro es un periodista de Clarín recientemente procesado en la mencionada causa por los delitos de coacción y tentativa de extorsión a los empresarios arrepentidos que declararon en contra de los funcionarios kirchneristas acusados de coima. ¿Y por qué nadie lo conocía si conocían la causa de los cuadernos? ¿Por ignorancia de los/as lectores/as o usuarios/as de redes? No, sencillamente porque se produjo y divulgó en los medios más información sobre unos cuadernos (que ni siquiera son cuadernos sino fotocopias de unos cuadernos que no existen más) que son diarios de viaje de un chofer en los que se detallaría el traslado de dinero destinado al pago de coimas con lo cual se puede comprobar una compleja asociación ilícita cuya jefa es Cristina Fernández de Kirchner, que información sobre Daniel Santoro. Y la información difundida en los medios de comunicación monopólicos sobre este último es escueta e imprecisa.
Pero vamos a suponer, sin embargo, que es por la ignorancia de los/as lectores/as que no se conoce a Santoro. La pregunta en todo caso debería ser: ¿quién produce esa ignorancia ocultando información? O si se prefiere: ¿quién es el responsable de que los/as lectores/as no sean ignorantes? En definitiva, ¿a quién le ocupa una mayor responsabilidad en la formación de la opinión pública? ¿Al lector o a los medios de comunicación? Y ejemplos como el de la causa de los cuadernos es uno en un millón. ¿O cuántos memes visualizan por día en sus redes?
Entonces, a lo anterior tenemos que contextualizarlo en una época donde las redes sociales se consolidan como uno de los principales medios de información y formación de opinión pública. El común denominador del público se informa vía facebook y twitter, principalmente. La información construida por los grandes medios se viraliza por estos canales (y whatsapp) al punto tal que es ya muy difícil llegado un punto poder controlar la fuente de origen, que es la prueba que tenemos para poder corroborar la veracidad de la información. ¿Acaso eso es lo que importa? ¿Poder constatar las pruebas de lo dicho? ¿O todo lo contrario: es lo que más hay que ocultar? ¿O acaso alguno/a chequea la fuente o la información de cada uno de los memes o tuit que difunde por las redes? Y estoy hablando desde un meme político hasta de uno denunciando a un pibe chorro que, supuestamente, le robó a la tía de alguien (que también es político, obvio). ¿Quién hoy se toma el tiempo de chequear fuentes si no es periodista? Y a veces hasta siéndolo, diría. Pero más aún, ¿quién se toma el tiempo de desconfiar o sospechar de la veracidad del meme? Quizás pocos y pocas. ¿Será porque ya la cuestión de la verdad importa menos que la del impacto emocional o afectivo? ¿Será porque la verdad no puede ya competirle a la confirmación de los prejuicios?

“Miente, miente que algo quedará”, solemos repetir. Si no importa la verdad, tampoco la mentira. Lo importante ya tampoco es que quede: es que impacte afectivamente. Es información que no apunta a estimular la reflexión. Es información que no expone argumentos ni los necesita para difundirse. En el mejor de los casos, es un link a una nota a la que no entramos casi nunca porque con “el titular alcanza”. En el peor de los casos, es la captura de pantalla del titular de algún diario reconocido sin posibilidad de acceso al artículo. Pero, ¿qué dice por sí solo el titular de una noticia sin leer la noticia? Muy poco o casi nada. Tampoco importa porque total “la gente no lee”. Y no, claro: si no le dan de leer, ¿qué pretenden que lea?
Toda esa clase de información puede resumirse en una palabra: meme. Consumimos más memes por día en nuestras redes sociales que noticias. Y muchos de esos memes son noticias sobre supuestos hechos de la realidad. ¿Por qué supuestos? Porque muchas son falsas. Son fake news.
Una fake news (“noticia falsa” en inglés) es un tipo de mentira que consiste en un contenido pseudoperiodístico difundido a través de medios digitales y redes sociales y cuyo objetivo es la desinformación. Se emiten con la intención deliberada de engañar, inducir a error, manipular decisiones personales, desprestigiar o enaltecer a una institución, entidad o persona u obtener ganancias económicas o rédito político.
¿Sabemos quién fabrica los memes o las fake news? ¿De dónde salen? ¿Quién los lanza al espacio digital? Y si no lo sabemos, ¿por qué les creemos y los difundimos? Si alguien nos preguntara con qué argumentos contamos para sostener lo que acabamos de difundir, ¿qué le podríamos responder? En este sentido, tenemos la responsabilidad de asumir esos argumentos porque, concientes o no, al difundir esa información la estamos afirmando y confirmando. Es decir, estamos diciéndole a otros/as que “así es la verdad o la realidad del mundo”. Imagínense que así como lo hacemos cada uno/a de nosotros/as a diario, lo hacen millones alrededor de casi todo el mundo. Alguien tiene que estar sacando algo de todo esto, ¿o no? ¿Quién será?
Los medios de comunicación constituyen uno de los principales formadores de conciencia y opinión pública. Pero no son los únicos. Y quizás hoy ya siquiera son el más importante. Las redes sociales le compiten el trono a base de viralizaciones infinitas. Y además gozan del privilegio de transmitir informaciones que no necesitan de verificación. El solo hecho de llegar alcanza. O bien, de llegar y propagarse de manera invasiva. La metáfora del “virus”, en este caso es bastante literal. Si decimos que la veracidad de lo viralizado es irrelevante, las fake news se consolidan como un nuevo instrumento del poder para concientizar o construir opinión pública. ¿Y por qué son posible las fake news? ¿Qué es lo que las hace efectivas?

Vivimos en una época de credulidad casi absoluta. Ya casi nada sorprende y de todo esperamos que sea posible. Dudamos o sospechamos poco de la veracidad de lo que vemos, escuchamos, sentimos o percibimos. Es decir, vivimos en un contexto donde pensar no es prioritario. Que no es lo mismo que decir que no debería serlo. De hecho, cuando creemos que cualquier cosa es posible o verdadera se hace imperante dudar. De otro modo, cualquier cosa puede pasar. A esta época donde todo puede ser verdadero, se la conoce como la era de la posverdad.
Se llama posverdad a la distorsión deliberada de una realidad, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales,​ en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales. Esto significa que la contrastación empírica de lo dicho es irrelevante. Las explicaciones y argumentaciones a partir de la demostración fáctica de los enunciados no son necesarias: con creerlo alcanza. ¿A quién le alcanza? A quien, de manera deliberada, planifica este tipo de discurso en el cual el problema de la verdad queda postergado por el problema de la verosimilitud: con que algo aparente ser creíble es suficiente. Su corroboración con los hechos no es necesaria.
La pregunta, ahora, sería: ¿cuándo algo aparenta ser verdad? Cuando más coincide con la opinión pública, con el sentido común[1]. Cuando algo resulta familiar a lo que veo y siento. Por eso se dice que existe una política cultural de la posverdad que pretende dirigir las discusiones políticas y sociales hacia apelaciones emocionales alejadas de las políticas públicas que, en definitiva, son los hechos que se discuten. Con apelar a lo afectivo, a lo familiar, a lo que “vemos a diario” alcanza para creer en la verdad de lo que, justamente, vemos. Pero, ¿qué vemos cuando vemos? Solo lo que se nos muestra. ¿Y eso es todo? No, por eso se hace urgente qué hay detrás del meme. ¿Qué y quién? Y también por qué y para qué.

En este sentido, quisiera concluir diciendo que la Semiótica, como herramienta teórica y metodológica, nos permite hacer estas y más preguntas que problematicen el poder (o los poderes) que opera detrás de la construcción de noticias, fake news, discursos mediáticos (también pedagógicos y de cualquier otro tipo de discurso institucionalizado) y sentidos que generan conciencia pública, es decir, que construyen nuestra subjetividad al mismo tiempo que un conocimiento determinado del mundo: ¿cuáles son los conocimientos que existen sobre el mundo y nosotros/as y por qué los tomamos por verdaderos?
La Semiótica, entonces, es un modo de leer el mundo. Una manera crítica de pensar en los procesos sociales, políticos, culturales, históricos, económicos; en fin, multidimensionales, de construir significados y sentidos. En otras palabras, es una herramienta para desnudar al poder, hacerlo visible. Descristalizarlo, denunciarlo. Escracharlo, si quieren. De desnaturalizar “lo normal” y “lo verdadero”. Aquello que dejamos de discutir y que, viralizándolo, también reproducimos.
Pero también es un modo de leernos a nosotros/as mismos/as de manera crítica. De denunciar a los poderes que van moldeando nuestra conciencia (también nuestra inconciencia) y nuestros cuerpos. Poderes que circulan por nosotros/as en nuestras acciones. Poderes que se manifiestan en nosotros/as cotidianamente. ¿O por qué nos vestimos como nos vestimos? ¿Y por qué pensamos como pensamos?
La semiótica nos sirve, precisamente, para denunciar al poder que se reproducen en, por y con nosotros/as. Denunciar al mundo que esos poder construyen, visibilizando las operaciones con las que lo hacen. Y, más importante aún, nos sirve para transformarnos, transformar al mundo y, además, hacernos un poco mejores.

Ramiro Bisa
Agosto de 2019

 Bibliografía consultada
-       Federación Internacional de Periodistas. “¿Qué son las Fake News? Guía para combatir la desinformación en la era de la posverdad” extraído de https://www.ifj.org/fileadmin/user_upload/Fake_News_-_FIP_AmLat.pdf
-       Carpintero, Enrique (2017). “El concepto de posverdad: una nueva mentira” en Revista Topía. Extraído de https://www.topia.com.ar/articulos/concepto-posverdad-una-nueva-mentira
-       Torres, Arturo. “Posverdad (mentira emotiva): definición y ejemplos” extraído de https://psicologiaymente.com/social/posverdad
      "¿Qué es la posverdad?” Entrevista a Darío Sztajnszrajber. Extraído de https://cnnespanol.cnn.com/video/argentina-dario-sztajnszrajber-posverdad-verdad-datos-periodismo-dialogo-longobardi/


/
Para descargar el texto completo haga clic acá.


[1] Al mismo tiempo, la opinión pública se construye también y consolida con su difusión y reproducción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.